EL SURF COMO EXCUSA PARA ENTENDER EL MUNDO.

UN PROYECTO DE NOVELA ENSAYÍSTICA Y MIRADA SOCIOLÓGICA
Diego Santos (Pontevedra, 1984) es docente universitario e investigador de lo que podríamos llamar sociología del surf. Pero este no quiere ser un libro teórico. O no exactamente. El surf puede ser una excusa bastante digna para entender el mundo y la sociología de una manera didáctica. Y también una forma de contar cómo uno descubre, madura y aprende a mirar de otro modo. Mientras avanza, el texto intenta dejar una pequeña semilla de crítica social, con la esperanza de hacer pensar en cosas que quizá antes no se habían mirado así.
En el prefacio, edición San Jordi, intento explicar cómo surgió todo y qué clase de libro pretende ser este.
Si has llegado hasta aquí, dale una oportunidad.
PREFACIO SAN JORDI EDITION
Hace unas semanas terminé mis clases de Sociología del Consumo. Si tuviese clase hoy, como intento siempre meter cierta actualidad en el aula, una de las cosas que probablemente les preguntaría a mis alumnos sería si saben qué se celebra.
Seguramente saldrían respuestas rápidas y bastante lógicas. Esperaría pocas referencias al santoral y bastantes más a los libros, las rosas, una tradición bonita, un día romántico y cultural. Quizá alguno añadiría algo más, por memoria escolar o familiar, o simplemente gracias a la IA, que para eso está. Y me parecería bien. Pero no me interesaría quedarme ahí. No me interesaría tanto trabajar el qué como el porqué.
En mi opinión, muchas veces la sociología empieza justo ahí, cuando uno deja de conformarse con identificar una cosa y empieza a preguntarse por qué esa cosa ha llegado a ser así y no de otra manera. Quiero pensar que esa también es una forma de trabajar el pensamiento crítico, tan invocado sobre el papel y tan poco ejercitado en la práctica.
Bajo esas premisas llevo un tiempo trabajando en un proyecto que, en realidad, no es nuevo. Quienes me conocen saben que llevo muchos años escribiendo. Lo hacía en la universidad, en folios sueltos, en lugar de tomar apuntes. Lo hacía también en aquellos primeros rincones virtuales que permitían algo parecido a un diario. He escrito mucho más de lo que he compartido, en parte por demasiadas luchas internas sobre si algo debía ver la luz o no. Muchas horas en las que escribir me relajaba, me ordenaba o, al menos, me permitía convivir un poco mejor conmigo mismo.
Siendo sincero, cuando empecé a pensar que quizá tenía algo que contar sobre el surf, entendí que sería difícil que alguien pudiera comprender del todo mis planteamientos sin entenderme un poco a mí. No bastaba con decir que me cuesta quedarme con la primera explicación, que siempre he tendido a buscar incongruencias en los relatos oficiales. Y como eso es difícil de justificar sin más, había que entender por qué había llegado a mirar así. Había que conocerme un poco para que ciertas miradas, ciertas manías y ciertas preguntas tuviesen sentido. Porque algunas maneras de mirar el mundo, y también algunas conclusiones, no se entienden sin contexto. Ni sin los sesgos que cada uno arrastra.
CAPÍTULO 1. LA IMPORTANCIA DEL CONTEXTO
Aunque a unos veinte kilómetros de mi casa hay olas y siempre existió una nutrida comunidad surfera en mi ciudad, nadie de mi entorno más cercano surfeaba a principios de los años dos mil. En aquella época, de niñato de instituto, muchos adolescentes vestíamos con ropa de estética surf y skate, aunque muy pocos, por no decir ninguno, practicaran con cierta destreza ninguna de las modalidades de deslizamiento. Además de las carísimas marcas australianas y californianas que vendían en las surfshops de la ciudad y que conseguíamos más baratas gracias a las falsificaciones de la Fortaleza de Valença, había una marca local que era realmente popular. Sinsemilla, una de las primeras tiendas de surf de Pontevedra, produjo una línea de ropa que estaba en todas partes. Eran prendas mágicas para unos adolescentes que, en su necesidad de crear una identidad, al vestirlas se convertían directamente en alguien importante.
Para muchos, vestir así era el primer paso para convertirse, o al menos parecer simpatizante, de uno de los grupos juveniles con más status de la época: el de los surferos. Para entender el halo místico del que un día gozaron hay que viajar mentalmente en el tiempo y recordar que, para un adolescente medio, no era fácil ni siquiera conseguir el material. Tablas y neoprenos eran productos realmente caros y, al menos en mi casa, y seguro que en muchas otras también, mis padres tenían mejores planes para rentabilizar la inversión de aquellas decenas de miles de pesetas. Una cosa es que te consientan un capricho con la ropa y otra muy distinta una inversión de unas 50.000 pesetas, tirando por lo bajo, por “un trasto que no entra ni en casa”, que es lo que seguramente pensaban de esas tablas de surf de dimensiones estratosféricas que reinaban en la época. Sí, al cambio actual son unos 300 euros, pero era una cifra cercana al salario mínimo interprofesional de entonces y, por comparar con otro equipamiento deportivo, unas botas de fútbol costaban diez veces menos.
Sí, reconozco que de niño tuve alguna tabla de esas azules y amarillas; por llamarle tabla a ese trozo de polispán con una malla por encima al que alguien decidió ponerle una cuerda con un velcro para agarrar a la muñeca y comercializarlo primero en tiendas de juguetes y después en los todo a cien.
Quizás para algunos sea difícil de entender, pero yo nunca quise una tabla de surf. A mí siempre me pareció más llamativo el bodyboard, y eso que durante muchos años pensé que consistía simplemente en arriesgar la vida haciendo rectos en los cerrojos que rompen con fuerza en la arena.
Sí, reconozco que de niño tuve alguna tabla de esas azules y amarillas; por llamarle tabla a ese trozo de polispán con una malla por encima al que alguien decidió ponerle una cuerda con un velcro para agarrar a la muñeca y comercializarlo primero en tiendas de juguetes y después en los todo a cien.
CAPÍTULO 2. ALMA DE PARDILLO
De niño fui bastante buen estudiante y mis padres se esforzaron por educarme para que no dijese palabrotas y tuviese hábitos de gente culta. Me vestían bastante clásico comparado con los niños de ahora, pero, en realidad, ningún niño vestía guay en los noventa. En clase era aplicado y quizá hasta un poco sabidillo. Con el tiempo me di cuenta de que tenía alma de pardillo y de que había comprado muchísimas papeletas para haber recibido bullying al llegar al instituto.
Ahora que el tema del acoso ocupa tanto espacio público, le he dado muchas vueltas a aquellos años. En los dos mil no se hablaba de estas cosas como se habla hoy, pero eso no significa que no existieran. Existían, claro. Solo que muchas veces se confundían con el carácter, con el crecimiento, con aprender a espabilar o con la ley no escrita del patio.
He pensado muchas veces en ello y creo que, posiblemente, fueron las canchas del barrio, donde los mayores me curtieron, las que hicieron que, en vez de recibir collejas, muchas veces me tocase estar en el otro lado. No necesariamente dando, pero sí entendiendo demasiado pronto que, para sobrevivir en ciertos grupos, a veces bastaba con no desmarcarse.
Quizá por esa capacidad de restarle importancia cuando me tocó recibir, guardo buen recuerdo de la adolescencia, que para mí fue un momento de descubrimiento personal y de experimentación social. Yo era realmente feliz en el instituto. También ayudó que me convertí en un disidente de la educación generalista y prefería ir a comerme unas pipas en el Campillo antes que estar de cuerpo presente en unas clases que me obligaban a memorizar un montón de datos asépticos. Esa calle en horario lectivo, ayudada por las múltiples huelgas, pudo ser mi primer proyecto sociológico, y no me di cuenta hasta hoy.


